Anclarse en el primitivismo y la magia es un pecado contra el Espíritu Santo
Cuando los "guías" ceden a las
costumbres y piedad del Pueblo en vez de iluminar y avanzar, están traicionando
al mismo Pueblo que dicen ayudar. Le pasó a Aarón (hermano de Moisés) con la
idolatría del "becerro
de oro", transigió con el Pueblo y consintió la idolatría. Hoy
pasa lo mismo.
Bajo
la genérica capa de "tradición" escondemos muchos miedos. Tendemos a apoyarnos en "muletas
humanas" en vez de sumergirnos en la libertad del Espíritu. Nos
fijamos en lo "externo",
en vez de lo "interno",
cuando la verdadera seguridad nace de lo hondo.
Las
tres fuentes oficiales de la Teología son: Escritura, Tradición y Magisterio. Ahí deben fundamentar los teólogos
todas sus elucubraciones. Pero "congelar" y "sacralizar" las fuentes
supone cegarlas y negar la evidente "evolución humana" y la "revelación
sucesiva".
Aclaro
que la "revelación
sucesiva" no está causada por un "dios tartaja" que nos
dice algunas cositas y se le atascan otras. ¡De ninguna manera! El problema no es de Dios. El
problema es nuestro, que no tenemos madurez u órganos adecuados para captarle.
Solo se nos ha dado la "imagen y semejanza", es decir, "inteligencia, voluntad y libertad"
(evolutivas) para buscarle. Y, por supuesto, el empujón humano de Cristo, tan
oscurecido y malversado por sus propios seguidores.
Lo dice el olvidado Evangelio: "¿No
acabáis de entender ni de comprender? ¿Estáis ciegos? ¿Para qué tenéis ojos, si
no veis, y oídos, si no oís?"
(Mc
8,17).
Eso
explica que quienes más y mejor se han acercado a Dios hayan sido los místicos. Y que el cerebrito de Aquino
reconociese, al final de su vida, que había aprendido más delante del Sagrario
que en los libros.
Es decir, solo la "oración interior" nos llevará a "vislumbrar" la esencia de Dios y a saborear sus cualidades, aún desde nuestra limitación ("entréme donde no supe"…).
El conocimiento de Dios está limitado por nuestra "incapacidad esencial" para abarcarle y está condicionado por la "evolución humana" personal e histórica.
A medida que ensanchamos nuestras neuronas y avanzamos en la búsqueda interior, estamos mejor preparados para percibir la inmensa luz del Creador. "Muchas cosas tengo que deciros todavía, pero ahora no estáis capacitados para entenderlas. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará a la verdad completa" (Jn 16,12).
Esta cita no se refiere a una venida puntual, sino al "derroche
permanente de Dios" sobre unas criaturas en crecimiento y no
todas al mismo ritmo.
Quienes
nos debieran facilitar el acercamiento al rostro de Dios y mostrarnos el "dinámico camino de la búsqueda"
nos hacen caminar de espaldas y a paso lento.
Se nos olvida que la enfermedad más
grave del "homo religiosus" es la prepotencia farisaica, la que crucificó al Señor. Esa pretensión
de "encerrar
y poseer a Dios", de limitarlo y apropiárselo. Es la primigenia
tentación del orgullo satánico: "seréis como dioses" (Gen 3,5), solo vosotros seréis capaces de "abarcar" a Dios.
Por
eso me parece muy importante distinguir
entre "barro" y "luz".
El "desprendimiento" o "pobreza de espíritu" son valores cristianos: "Bienaventurados los pobres de espíritu..." (Mt 5,3). Pero nuestros súper doctores acumulan abstracciones, recuerdos, palabras, interpretaciones, discusiones, fastuosidades, riquezas, apariencias, cosas…
¡Fíjate lo
corto que es el Evangelio y el complejísimo andamiaje en que lo hemos
encerrado! Lo advertía Pablo: "…su mente se dedicó a
razonamientos vanos y su insensato corazón se llenó de oscuridad" (Rom 1,19).
Tan obsesionados estamos por vigilar
el equipaje que se nos olvida viajar. A nuestros dirigentes se les hace difícil aceptar la
evidencia de que "el
ser humano es progresivo" y, por tanto, también lo son su
dominio de la creación, su conocimiento de sí mismo y del mundo, su intuición
de Dios y su revelación.
Prefieren insistirnos en que todo está "cerrado y terminado"… Así nos libran -dicen- del temor y la inseguridad, para escayolarnos con su rigidez mental. Año tras año se nos olvida la promesa de la asistencia perpetua del Espíritu, que es el que realmente guía la Iglesia... si le dejamos.
Los hemos idolatrado e identificado con Dios: "palabra de Dios".
Se nos olvida que TODOS somos limitados, una raza y unos seres en
camino. Iglesia caminante.
Desisto de citar ejemplos del "barro que
conservamos como reliquia sagrada". Ya lo vengo contando en mis
meditaciones desde hace años.
Solo
mencionaré algunos "principios falsos" que nos han embarrado
el camino:
A) Empecinamiento
en una "religión
utilitaria y primitiva", que nace de la ancestral experiencia
de limitación y fragilidad humanas.
Se acude por interés a un "dios instrumental" para que nos saque las castañas del fuego.
Se niega, de hecho, la "autonomía y libertad" de la creatura humana.
Y así hemos llegado a olvidar
la finalidad de la religión: "religare = unir a la criatura con el Creador que vive en
su interior".
Jesús se agotó hablando del "reino
de Dios" de mil
maneras. Pero seguimos anclados en una "religión utilitaria" y, como consecuencia,
en un "dios
intervencionista" que acude a nuestra puntual llamada,
expiación u ofrenda. "Me buscáis no porque habéis
visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros" (Jn 6,26).
B) Obstinación
en los primitivos espejuelos de la "magia", los "brujos" y los "intermediarios
poderosos", expertos en convencer a ese "dios del trapicheo" o "dios tacañón", al que hay que suplicar con
insistencia porque, como "prepotente mafioso", nunca regala nada,
ni perdona nada, sin contraprestación (negación total del Amor Gratuito).
Nos han hecho olvidar que "lo tenemos todo concedido y perdonado desde la eternidad". Y que somos nosotros quienes administramos nuestro mundo con "autonomía y libertad", bajo la suprema ley de la Creación: la "ley de la causalidad", recogemos lo que sembramos, sufrimos cuando combatimos el "orden de la Creación".
2.
"Tradición de luz" es seguir
construyendo el "reino
de Dios" en cada ser humano a partir de
lo descubierto y avanzado.
Ayudar a buscar y desvelar ese Rostro
que nos atrae, nos enamora y nos impulsa a imitarlo. Y limpiarlo de tanta
inmundicia e idolatría.
Hemos interpretado ese "reino de Dios" como premio futuro (el reino de los
cielos) o como el privilegio de pertenecer a un grupo (la Iglesia).
Cuando se trata de un "don actual, personal y universal", el reino de la interioridad habitada, al alcance de todos.
Es el refugio instintivo del hombre, incluido en su propia naturaleza
creada a "imagen y semejanza" y empujada por su innata "determinación de
progresar". Cuando despreciamos ese "mundo interior",
vivimos en superficie al albur de nuestra naturaleza animal.
Pero
una cosa es aprender de
los predecesores y otra muy distinta anclarse en sus
conocimientos, costumbres y errores.
A los cristianos de hoy no se les puede pedir que vivan como anacoretas,
machaquen el cuerpo para acrecentar el espíritu, se sometan a lo irracional, se
abstengan de pensar o renuncien a su libertad de conciencia.
Y, muchísimo menos, que frustren la
profunda aspiración a "encontrarse"
personalmente con esa Divinidad inabarcable que nos habita. El "sometimiento
clerical", que se nos exige, es una terrible blasfemia, propia
de autócratas y no de servidores. De ese "yugo"
huyen las gentes de hoy en desbandada. Nuestros jerarcas no son conscientes de hasta qué punto
son "promotores
de ateísmo y agnosticismo".
El prestigioso teólogo P. Antonio Oliver, teatino ya fallecido, solía repetir: "Somos enanos a hombros de gigantes. Por eso podemos ver más allá". A lo que añado: "Cuando no bajamos al barro primitivo para volver a empezar".
Ejemplo
notorio, irracional y visual
es la obstinación de nuestros jerarcas en conservar los personales signos de notoriedad (anillo, corona, cetro y trono) de un perpetuado pasado.
La "tradición de barro" les empuja a
mostrarse como sus predecesores, sin percatarse del escándalo antievangélico
que supone su anacronismo y falta de coherencia: unos "servidores" auto encumbrados
como "príncipes
del Medioevo".
¿Si
esto ocurre en lo fácilmente mudable, como son las galas episcopales, cómo
podemos esperar que se laven -nos lavemos- esa costra de siglos, incrustada en
la secular piel eclesial?
De ahí la sorpresa de quienes no comprendemos
cómo al hablar de "tradición"
no se prioriza que el Evangelio es "vida
y vida abundante"
(Jn
10,10), imposible de
congelar y encerrar.
Cuando dedicas tiempo a sumergirte en "oración de
impregnación" (baño de interioridad) y te das de bruces con tus
aspiraciones humanas de Paz, Bondad, Amor, Compasión, Coherencia y todas sus
derivadas (el "reino de Dios"), entonces estás tocando la "carne de
Dios".
Desde ahí te das cuenta que Dios no es más que "la Infinitud de las aspiraciones profundas del hombre". Cuanto más humano seas, más divino serás. Y leerás el Evangelio como "manual de humanización".
¿Será eso lo que quería decir Jesús: "adoradores en espíritu y verdad" (Jn 4,23)?
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Leyendo el presente artículo, se me hacen presentes las palabras del Apóstol Pablo, en ( 1 Cor, 13, 1-3):
ResponderEliminar"... “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo estruendoso.
Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera una fe como para mover montañas, si no tengo amor, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve”..."
El amor al prójimo es espontáneo. Brota del corazón por el Espíritu y es ajeno a rituales y actitudes humanas. La Iglesia está y perdurará porque la Verdad está en la Obra de Jesús que no es otra que "Amaos los unos a los otros como yo os he amado". Nuestras limitaciones hacen que fallemos muchas veces, pero nuestra alegría es que Jesús no nos abandona.
Coincido totalmente, Jairo! Lamentablemente la Jerarquía no toma en cuenta la evolución e insiste con planteos que no motivan la verdadera Vida sino que invitan a pedir aportes de alguien externo a nosotros que estaría en condiciones de aliviar nuestra tarea...
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