De la CRUZ a la LUZ. Sin mentirotas incoherentes y capirotes adorando a un "dios canalla"
¿La Pasión y Muerte? De ninguna manera son divinas,
ni sagradas. Son hechura de nuestras manos asesinas, como lo son las "crucifixiones" a que sometemos
hoy a tantos hermanos nuestros. Son nuestra terrible respuesta al que viene a ayudarnos.
Nos lo escribió
claramente Juan: "La
luz verdadera, la que alumbra a todo hombre, estaba llegando al mundo. En el
mundo estuvo y, aunque el mundo se hizo mediante ella, el mundo no la conoció.
Vino a su casa, pero los suyos no la recibieron" (Jn 1,9).
Lo cuenta el mismo Jesús en la
"parábola
de los viñadores homicidas" (Mt 21,33).
No existe una cruz redentora querida por Dios.
Él aborrece el sufrimiento de su Hijo y de sus hijos. Existe el horror de la cruz con la que aplastamos al Justo, al
Bueno, al Pacífico, en contra de la voluntad de Dios, para proteger -terrible y
vergonzante paradoja- la Religión. (Los religiosos de hoy deberían meditar seriamente
esta historia).
Ante nuestra "libertad criminal", Dios pudo quitárnosla de un plumazo: "¿Crees que no puedo pedir ayuda a mi
Padre que me enviaría doce legiones de ángeles?" (Mt 26,53). Hubiese sido
la destrucción del hombre porque sin libertad dejamos de ser humanos. Su obra
creadora hubiese fracasado. La respuesta no fue fulminarnos sino enseñarnos,
cogernos de la mano. Y ahí entra la "pedagogía
del Crucificado": "vencer el mal con abundancia de bien"
(Rom 12,21).
Ante esa atrocidad de nuestra libertad deicida, Él certifica con su sangre
el contenido de su predicación, incluso ante una muerte atroz: paz, amor,
verdad, bondad, perdón, fortaleza, oración, aceptación… Y se
convirtió así en ejemplo, en camino, en luz y en fortaleza para tantos mártires
posteriores y para todos los que hoy pretendemos seguirle.
La muerte del Señor no tiene ningún sentido expiatorio, ni salvífico,
ni sacrificial, ni perdonador. Eso es colgarle a Dios
nuestro crimen, como si Él nos exigiera la sangre de su Hijo para perdonar. ¡Qué atrocidad!
El Padre Bueno, que yo vislumbro, nos tiene perdonados desde la
eternidad. Lo que quiere ("su
voluntad") es que nos abramos a ese perdón, soltemos nuestros fardos y
caminemos ligeros a su encuentro.
Él no busca "sacrificios
ni ofrendas", sino adhesión
a su Hijo, al Santo, al Modelo, porque esa adhesión nos lleva hasta la felicidad ofrecida, hasta nuestra Casa. ¿Cómo hemos podido quedarnos en el
madero, fabricado por manos asesinas, y perder
de vista la adhesión al Crucificado, a su doctrina, a sus actitudes, a su
ejemplo? ¡Esto es lo que nos salva y no el madero!
La manida y mal
interpretada frase: "El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16,24 y Sinopt.), NO es invitación a un dolorido y sangriento
sacrificio. Hemos exagerado hasta el extremo la "llamada al dolor y la sangre", al estilo de la religión judía, su obsesión por el pecado y sus pagos expiatorios. ¿Qué dios se alimenta de dolor y sangre? ¿Cómo pretendes pagar a la Gratuidad Infinita?
Con esas
palabras, Jesús nos está llamando al equilibrio de nuestra parte animal, al abandono
de los espejuelos, al lógico esfuerzo de
la adhesión y el seguimiento, a la lucha por la felicidad real.
Cualquier padre humano recomienda lo mismo. Y cualquiera que haga oración
profunda sabe del "gozo de la adhesión" muy distante de lo que entendemos por cruz. ¿Dónde está, si no,
la buena noticia?
Los humanos estamos programados para la felicidad,
es irremediable que la persigamos. Lo dramático es que creamos -conscientes o
inconscientes- que está en la satisfacción animal.
Por eso el Señor nos abre
los ojos y nos señala el gozoso "camino
de la felicidad auténticamente humana", la que nos llena y satisface plenamente.
¡Pregúntale a la Samaritana o a cualquier converso de verdad!
La pasión y muerte son el testimonio extremo y la coherente
consecuencia final de un Camino, una Verdad y una Vida,
la "Vida de Dios", que late en el corazón humano.
Contra esa liberadora y gozosa vida nueva se levanta -ayer como hoy- el
"mal religioso"
(cerrazón, complejidad, inmovilismo, fanatismo, coacción, violencia… "ni entran
ni dejan entrar", ni viven ni dejan vivir), aliado entonces con el "mal
político" (dominación e injusticia flagrante).
Su preciosísima
sangre no nos salvó, se la arrancamos nosotros, asesinos, violentos, torturadores,
ciegos...
Lo que nos salva es nuestra
ADHESIÓN al Crucificado, real y concreta, aquí y ahora, hasta el punto de
llegar a derramar -si llega el caso- hasta la última gota de nuestra sangre por
comportarnos como Él, por imitar su modelo de humanidad, por abrazar la
verdadera felicidad que nadie nos quitará.

¿Cómo no
hemos acertado a comprender todo esto? Tiene razón el acusador de mi sueño: "Vosotros
estáis con Cristo más para venderle que para comprarle".
Muchos se quedan en la sensibilidad y se estremecen imaginando el dolor de la cruz (cuanto más sangre peliculera mejor). Pero no profundizan en las
lecciones que en ella nos dejó el Crucificado.
En la cruz
existe un lúgubre ANVERSO:
Es el instrumento
de tortura abominable con que el "mal
religioso" y la manipulada "masa ciega" condenan al Justo (una vez se mata a los profetas...). Convertir el patíbulo en "fetiche salvador" es pura
idolatría. ¿Si lo hubiesen lanceado, adoraríamos una lanza o una metralleta en otro tiempo?
De este ANVERSO se deduce que no podemos ser promotores de atormentadas
cruces, ni para nosotros mismos ni para los demás, sino
sembradores de la dulzura, la paciencia y el perdón del Crucificado.
En este ANVERSO vemos, cara a cara, la
crueldad y el dolor a que nos lleva la deshumanización. Y podemos oír al
Crucificado gritarnos:
¡No sembréis el mundo de dolor! ¡Por aquí no! ¡NUNCA MÁS! (La 8ª Palabra).
Sin embargo, la "mentalidad
judía" de los primeros cristianos lo entendió justo al revés.
Y ha ido goteando durante
siglos por la interpretación literal, el inmovilismo acrítico y la coacción
religiosa.
Repitiendo y repitiendo hemos llegado hasta hoy cantando la "expiación redentora" y la "feliz culpa", a pesar de que
muchísimos católicos -clérigos y laicos- caminan ya, desde hace mucho tiempo,
por la interpretación que estoy intentando balbucear.
¡Cuánto necesitamos meditar esta realidad y olvidarnos del "dios sádico" que reclama "dolor y sangre" para perdonar y meritar!
Especialísima
reflexión deberían hacer los religiosos, hacia dentro de sus propias Comunidades. ¿Te sientes feliz y en familia? ¿No has sufrido el autoritarismo, el juicio, el olvido o incluso el desprecio? ¿Los latigazos penitenciales no fue lo primero que te enseñaron? Y es que "nadie da
lo que no tiene". Y la tradición está llenita de maestros inmisericordes.
¿Cómo
no acertamos a ver en la cruz nuestra espeluznante obra torturadora, repetida
a lo largo de los siglos con el mismo falso argumento: "la voluntad de Dios"?
¿Qué voluntad y qué dios?
Pero la Cruz tiene un REVERSO luminoso, que olvidamos: Es la "síntesis de los valores del Crucificado", de todo aquello por lo que se deja matar.
Por eso es el símbolo de los cristianos, el resumen de toda su doctrina.
Por eso no puede llamarse cristiano el que porta o besa una cruz, se cree
salvado, repite unos ritos, pero NO se conduce de acuerdo a los valores implícitos
en ella.
Porque no es "el símbolo" lo que
salva, sino "el testimonio" de lo que simboliza. La Resurrección probará que
esa opción, esos valores, son el camino de la felicidad y triunfo definitivos.
Y le llamamos Redentor porque ciertamente nos redime
de nuestra ceguera, de nuestros temores, de nuestra desesperanza, de nuestras torturas, de nuestro
fracaso como seres humanos.Su dolor resucitado, además de certificar "su Mensaje",
es consuelo y esperanza para los que sufren, en cualquier época, bajo las
garras del mal:
"No
tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma"
(Mt 10,28). "Como Él ha
pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por
ella" (Heb 2,18).
El corazón maternal de Dios no podía renunciar a su deseo de hacernos humanos y felices.
Ésa es la finalidad de la Creación, de la Encarnación y de la Redención. Ése es
el regalo de "su Gratuidad".
Quien estúpidamente lo rechaza en esta vida tendrá
que rehabilitarse en la otra, tendrá que hacer la dolorosa gimnasia de
convertirse en humano y sufrir indeciblemente al darse cuenta de que rompió su
décimo premiado y tiene que volver a empezar.
La posibilidad de ser feliz está indisolublemente ligada a la
naturaleza humana. Un animal podrá estar satisfecho pero no feliz. Nadie
que renuncie a la "imagen y semejanza", inmersa en su humanidad,
podrá encontrar la felicidad.
Por eso "la parábola del hijo pródigo" -síntesis
de todo el Evangelio- es una historia de gratuidad, libertad errada y felicidad
recuperada: "volveré
junto a mi padre" (Lc 15,18).
Ni salvados, ni redimidos… de esa manera que aprendimos,
porque la redención no es la sangrienta teoría estática, abstracta, comercial y
milagrera que nos explicaron.
La
Redención -con mayúscula- es la
fuerza dinámica del propio Cristo, encarnado, muerto y resucitado "para" nosotros y "por" nosotros.
Él es el Camino que hay que andar, la Verdad que hay que descubrir y la
Vida que hay que desarrollar. Y no solo para alcanzar la
felicidad de allá, sino la de acá, en la medida de nuestra capacidad.
El "mensaje de la Cruz" nos señala precisamente lo que hay que EVITAR para disminuir el
dolor de este mundo (recuérdese la serpiente de bronce).
Pero llevamos siglos interpretando lo contrario: Hay que causarse y causar dolor para imitar a Cristo y redimirnos.
La LUZ y no la CRUZ es lo que hay que IMITAR, precisamente para hacer desaparecer las cruces de este pérfido mundo.
¡La Redención viva, actual y verdadera, está plantada por Cristo, es
el mismo Cristo! Pero somos nosotros los que tenemos que hacerla realidad
en nuestra persona, en nuestro tiempo y en nuestro mundo.
Es delante de nosotros donde está la Redención y no detrás, porque
delante de nosotros camina el siempre Primero. En sus
huellas -traspasadas por nuestro clericalismo- está la Salvación, es decir, nuestra Humanización y no los disparates que nos enseñan todavía. Ahí están las
dinámicas "parábolas del reino"
para ratificarlo.
Ni salvados, ni redimidos… de esa manera que nos contaron,
pero SÍ iluminados, amados, llamados, atraídos,
esperados y abrazados. ¡Esa es la Redención real, concreta, viva y actuante!
¿No es para volverse loco de alegría y pegar el aleluya hasta en el carnet de
identidad?
Y, si hablamos de salvación eterna, debo "dar razón
de mi esperanza" (1Pe 3,15):¡SÍ, salvados, salvados TODOS desde la
eternidad porque el Amor no puede hacer otra cosa que salvar!
El Señor vino
a cogernos de la mano para guiarnos por la LUZ y alejarnos del DOLOR, para que
consigamos la salvación en primera convocatoria y vivamos felices.
Esa es la "buena noticia", lo totalmente
real, entendible y veraz porque coincide con lo que intuye nuestro corazón, sin
tanto "laberinto" como algunos "profesionales
de la religión" han construido.
De ti depende
caminar el Camino de tu redención, de tu salvación, de tu humanización y dejarte acompañar -como en Emaús- por la dulce compañía del Amor
mismo.
Es la adhesión a la LUZ la que nos hace hijos, no la cruz. Eres tú el que has de abrirte a recibir esa Luz, caminar hacia tu plenitud (redención) y no dejar de buscar ese Amor gratuito que te llama "hijo".
También
puedes alejarte, despreciar "tu
herencia" y hacer la experiencia de sobrevivir pasando hambre entre
los puercos.
¡Es cosa tuya! Ése es el misterio de la libertad. El Camino está trazado y bien iluminado, de ti depende tomarlo o
rechazarlo. Cuando decidas tomarlo, Él siempre te acompañará con abrazos florecidos
y besos horneados.
"Yo, el Señor, te he llamado para la justicia,
te he tomado de la mano y te he formado, te he puesto como alianza del pueblo y
LUZ de las naciones, para abrir los ojos a los ciegos, para sacar a los presos
de la cárcel, del calabozo a los que viven en tinieblas…
Guiaré a los ciegos por caminos que no
conocen, por senderos ignorados los haré caminar; ante ellos cambiaré las tinieblas en LUZ, y en llano
el terreno pedregoso. Todo esto es lo que voy a hacer y lo haré sin
falta" (Is 42,6).
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